This website uses cookies

Read our Privacy policy and Terms of use for more information.

He visto a muchos gestores brillantes apagarse. Y casi nunca es porque se vuelvan tontos.

Es porque el mercado que entendían deja de existir, y ellos siguen jugando al juego de ayer.

El que brilló en el value de los 2000 sigue comprando "barato" diez años después, mientras el barato se abarata más y más. El que acertó con la tecnología cambia de tesis cada vez que sopla el viento, growth en enero, defensivo en marzo, materias primas en verano, y acaba comprando caro y vendiendo barato con una convicción admirable. Olfato tenían. Lo que no tenían era algo que sobreviviera a su propio olfato.

Y los que apostaron su dinero base a ese olfato se quedaron mirándose las caras.

Hace años saqué de ahí la única lección que de verdad importa. Tu suelo financiero, el dinero que sostiene tu vida, no puede depender de que un señor siga acertando.

Ni aunque ese señor sea Warren Buffett.

El dios de Omaha

Vamos a hacer algo que parece una herejía.

Coge 10.000 dólares en 1980 y dáselos a Buffett. A Berkshire, su empresa. El mejor inversor que ha pisado este planeta, el hombre al que peregrinan decenas de miles de personas cada mayo a un pabellón de Nebraska.

¿En cuánto se convirtieron esos 10.000 dólares para 2001?

En 2,6 millones.

Un 29% anual, año tras año, durante dos décadas. No hay cartera indexada en la tierra que se acerque. La Cartera K10 USA, la que verás en un momento, convirtió esos mismos 10.000 en 122.000. Buffett la pulverizó.

Así que ya está, ¿no? Buscas al genio, le das tu dinero, te haces rico.

Espera. Mira la otra mitad de la película.

La tortilla se gira

Coge otros 10.000. Esta vez empiezas en 2002 y llegas hasta hoy. Mismo Buffett.

La Cartera K10 USA convierte esos 10.000 en 138.000. Un 11,36% anual.

El S&P 500, el índice tonto que no decide nada, que solo compra las quinientas empresas grandes de Estados Unidos y se calla: 103.000. Un 10%.

Y Warren Buffett, el dios de Omaha: 94.000. Un 9,6%.

Léelo otra vez. En los últimos veinticuatro años, Buffett no le ha ganado al índice. El mejor de la historia, con su equipo, su información y su olfato, por debajo de una cosa que no toma ni una sola decisión.

No es que se volviera malo. Es que el mundo cambió, como les pasó a aquellos gestores. Su estilo brilló en una era y se atenuó en otra. Y tú no eliges la era que te toca. Naciste cuando naciste.

Pero no te quedes con el "Buffett pierde". Eso es lo anecdótico. Lo importante es otra cosa, y está escondida en los números.

La línea recta al cielo

Mira la Cartera K10 USA en las dos eras.

De 1980 a 2001: 12,19% anual. De 2002 a hoy: 11,36% anual.

Casi lo mismo. Dos mundos distintos, dos décadas que no se parecen en nada, y la cartera renta prácticamente igual en las dos. Una línea recta hacia arriba, sin dramas.

Ahora mira a los otros dos.

El S&P pasó de un 15,2% en la primera era a un 10% en la segunda. Buffett, del 29% al 9,6%. Se desplomaron entre una época y otra. Brillaron cuando el viento soplaba a favor y se hundieron cuando giró.

Esa es la diferencia que casi nadie ve.

No se trata de quién renta más en el año bueno. Se trata de quién sigue rentando cuando el año bueno se acaba y empieza otra cosa que nadie supo prever. Buffett y el índice dependen de que su era continúe. La K10 USA, no. ¿Por qué? Porque dentro hay seis sectores que no bailan juntos. Cuando unos sufren, otros tiran. Y por encima de todos, el oro, que va por libre y sujeta el conjunto justo cuando lo demás se cae a la vez. No es magia. Es descorrelación. Da igual el régimen, da igual la década, da igual quién mande en la Reserva Federal. Siempre hay algo dentro empujando hacia arriba.

Aburrido. Predecible. Y por eso es un piso financiero.

Porque tu piso financiero no es lo que más renta el año que todo va bien. Un piso es lo que sigue ahí cuando el suelo de los demás se mueve.

El piso no se apoya en nadie

Esto es lo que separa al aficionado del inversor.

El aficionado busca al crack. Al gestor estrella, al gurú de turno, al cuñado que "controla". Pone su dinero base sobre la genialidad de un humano y reza para que la racha aguante.

El inversor monta un suelo que no depende de nadie. Ni de Buffett. Ni de mí. De un proceso.

¿Y cómo es ese proceso? Aburridísimo. No tiene olfato ni corazonadas. Compra el mundo entero a través de un puñado de fondos indexados, lo reparte, y se queda quieto.

No necesitas quince fondos para esto. Los mejores platos no llevan cuarenta y siete especias. Llevan dos o tres ingredientes buenos bien tratados. Tu cartera núcleo cabe en dos o tres ETFs globales. Uno que te dé las acciones del mundo entero, y a partir de ahí construyes lo que tu perfil necesite. Lo demás es ruido que te vende quien cobra por la complejidad.

La cartera que has visto pelear contra Buffett es la versión más agresiva de esa idea. Todo crecimiento, sin frenos. Seis sectores descorrelacionados y oro, repartidos con criterio cuantitativo en lugar de con corazonadas. Esa es la razón de que renta como renta. Y de que, sobre todo, renta igual cuando el mundo cambia: nunca apuesta todo al mismo caballo.

No hay genio dentro. Esa es la gracia.

Pero te voy a advertir de algo

Todo lo que acabas de leer mira hacia atrás. Y mirar hacia atrás es facilísimo. Con el periódico de ayer, cualquiera es Warren Buffett.

Te pongo un ejemplo de lo fácil que es. En 1980, meter un 20% de tu cartera en oro sonaba a aberración. Una excentricidad de paranoicos. El oro venía de pegarse un castañazo y se iba a pasar veinte años plano, sin remontar. Quien lo propuso entonces quedó de loco. Hoy, con el gráfico delante, parece de cajón. Esa es la trampa: el pasado siempre parece obvio. Nunca sabes qué activo va a ser el mejor del futuro. Y tú inviertes en el futuro.

Que es como la noche en Juego de Tronos: oscuro y lleno de horrores que nadie te avisó.

Puede venir perfectamente una década en la que un solo índice te deje con cara de tonto. El de emergentes haciendo un 40% mientras tu cartera robusta hace su 10% de siempre. Tres años seguidos. Cuatro. Y ahí, te lo advierto desde ya, va a aparecer alguien. En la tele, en el grupo de WhatsApp, en la comida de Navidad. Y te va a enseñar el número premiado del año pasado.

"¿Has visto cómo ha subido esto? ¿Y tú con tu cartera aburrida?"

Te va a hacer sentir que te estás equivocando. Y la parte fea es que durante un tiempo los números le darán la razón.

Ese es el momento. No la caída del 40%, no la crisis. Ese. El momento en que lo aburrido pierde contra lo brillante y todo el mundo te lo restriega. Ahí es donde la gente tira veinte años de disciplina por la ventana para comprar el número premiado del año pasado justo antes de que deje de estarlo.

La cartera robusta no te promete ganar siempre. Te promete que da igual qué número salga premiado, porque siempre tienes un trozo dentro. Lo que no puede hacer por ti es darte la sangre fría para no salir corriendo a por el billete de lotería del vecino.

Eso lo pones tú.

Esta semana en datos

12,19% y 11,36%: lo que rentó la Cartera K10 USA en 1980–2001 y en 2002–2026. Dos eras opuestas, casi la misma cifra. (Fuente: backtest Testfolio)

29% → 9,6%: lo que rentó Berkshire en la primera era y en la segunda. El genio depende de su época. (Fuente: Portfolio Visualizer, BRK-A.)

15,2% → 10%: lo mismo para el S&P 500. También se desinfló al cambiar el viento. (Fuente: Portfolio Visualizer, SPY/SPYSIM.)

−24% / −36% vs −49% / −55%: la peor caída de la K10 USA en cada era, frente a la de Berkshire y la del índice. Más rentabilidad estable, con bastante menos dolor. (Fuente: Testfolio, max drawdown por periodo.)

¿Tienes una cartera de inversión o una macedonia de frutas?

Un fondo que te colocó el banco.

Dos ETFs que viste en un vídeo.

Algo de tu plan de empresa.

Años de decisiones tomadas en momentos distintos.

Eso no es una cartera.

Es un cajón.

El Taller K está completo hasta septiembre.

Pero si no quieres esperar, voy a abrir algo que hacía meses que no ofrecía.

10 Consultorías K. Solo 10.

Me envías tu cartera real.

La analizo a fondo y preparo una Radiografía K personalizada.

Después nos sentamos 60 minutos en directo para revisar qué tienes bien, dónde está el riesgo que no ves, cuánto estás pagando realmente y qué margen de mejora existe.

595 €.

Porque la diferencia entre una reunión "gratuita" y una opinión independiente puede costar mucho más de 595 €.

Cuando se llenen las 10 plazas, cerraré la agenda de nuevo.

Buen domingo,

Otros artículos