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En agosto de 1982 México dejó de pagar su deuda. Ray Dalio llevaba meses diciendo en televisión que aquello iba a desencadenar una depresión como la del 29. Apostó toda la cartera de su firma a esa tesis.

Tenía razón en el diagnóstico. México estaba quebrado, Brasil estaba quebrado, y los nueve mayores bancos americanos tenían exposición a deuda latinoamericana equivalente al 176% de su capital. La lógica era impecable.

Y el mercado hizo exactamente lo contrario.

Entre agosto y diciembre del 82 el S&P 500 subió más de un 35%. La Fed bajó tipos agresivamente, los bancos se rescataron en silencio, y empezó el mayor bull market de la historia. Casi veinte años seguidos hacia arriba.

Dalio se arruinó. Despidió a todos los empleados de Bridgewater. Se quedó él solo. Y tuvo que pedirle 4.000 dólares prestados a su padre para llegar a fin de mes.

La pregunta que cambió a Dalio

Lo interesante no es la quiebra. Lo interesante es lo que vino después.

Dalio podía haber concluido lo de siempre: "no era el momento", "esta vez es diferente", "no me hicieron caso lo bastante pronto". Lo que concluyen casi todos los gestores que pierden.

Concluyó otra cosa.

Y la concluyó tan en serio que cambió Bridgewater para siempre y la convirtió, años después, en uno de los mayores hedge funds del mundo.

Concluyó que tener razón no servía de nada.

Que el problema no era su análisis. El problema era confiar en su análisis. Por muy bueno que fuera. Por mucha experiencia que tuviera. Porque el mundo es demasiado complejo para que una persona, por brillante que sea, tenga una visión completa de lo que va a pasar.

A partir de ese momento, Dalio dejó de invertir basándose en opiniones. Empezó a invertir basándose en datos. En reglas. En backtests. En patrones que pudieran defenderse sin necesidad de tener razón sobre el siguiente movimiento del mercado.

Datos, no opiniones.

(Sí. Justo eso.)

Los cuatro escenarios que no puedes evitar

De ese cambio nació la idea del All Weather. La pregunta de partida no era "¿qué va a pasar?". Era otra:

¿Qué cartera sobrevive a cualquier cosa que pase?

La economía es una habitación con cuatro puertas. Y cada puerta destruye una cartera distinta.

Dalio se dio cuenta de que todo lo que ocurre en la economía cabe en cuatro cuadrantes. Solo cuatro. Y cada uno tiene un ganador distinto.

Crecimiento alto e inflación baja. La fiesta. Aquí gana la renta variable. Es lo que vivimos entre 1982 y 2000, o entre 2009 y 2021. El S&P se dispara. Las tecnológicas vuelan. Cualquier cosa ligada a empresas que ganan dinero, sube.

Crecimiento alto e inflación alta. El recalentamiento. Aquí ganan las materias primas (petroleras) y el oro. Lo vivimos en los años 70: oro multiplicado por 24 en una década, mientras la bolsa americana en términos reales no se movía un dedo durante diez años.

Crecimiento bajo e inflación baja. La recesión clásica. Aquí gana la renta fija larga. Lo vimos entre 2007 y 2009: bolsa global cayendo casi un 57% desde máximos, mientras los bonos del Tesoro americanos a largo plazo cerraban 2008 con un +34%.

Crecimiento bajo e inflación alta. La estanflación. El cuadrante maldito. Aquí no gana casi nada. Pierde menos el oro y la energía. Lo vivimos en 2022: S&P -18%, bonos globales -13% en euros (-16% en dólares), oro plano, sector energía +64%. Una cartera 60/40 cayó un 17%. Su peor año desde 1937.

Cuatro cuadrantes. Cuatro ganadores distintos. Cero personas en el mundo que sepan cuál de los cuatro vamos a vivir los próximos diez años.

Esto es importante: nadie. Ni Dalio. Ni Buffett. Ni el chico del podcast que te dice que el oro va a 5.000. Nadie.

Lo único razonable, si aceptas eso, es tener piezas para los cuatro cuadrantes.

De aquí nace la Cartera K

Los cuatro escenarios. Lo que no cambia. Y un giro importante: adaptada a cada perfil de riesgo, no a un perfil genérico que vale para todo el mundo.

Dalio hacía esto con derivados. Tú puedes hacerlo desde el sofá con ETFs.

La semana pasada vimos por qué la diversificación funciona: cuando metes activos con correlación baja entre sí, la cartera entera se mueve menos que sus piezas.

Aquí pasa lo mismo, pero dentro de la renta variable. Tecnología y consumo básico no caminan al mismo ritmo. Energía y salud tampoco. Cada sector responde a un motor económico distinto. Y esa es la munición que hace funcionar el reparto por cuadrantes:

Tecnología para el cuadrante de crecimiento. Es el motor cuando la economía crece sin que la inflación se descontrole.

Salud, utilities y consumo básico para el cuadrante defensivo. La gente sigue comprando medicinas, encendiendo la luz y haciendo la compra cuando el ciclo se enfría. Y al lado de ellos, la renta fija. Cuando la economía se desinfla y la inflación está bajo control, los bonos del Tesoro hacen su mejor trabajo. 2008 lo demostró: bolsa global cayendo casi un 57% desde máximos, bonos largos americanos cerrando el año con un +34%.

Energía y oro para los cuadrantes inflacionarios. La energía está aguas arriba de la inflación. El petróleo no la sigue, la provoca. Si el barril sube, sube el combustible, sube el transporte, sube la electricidad, y dos meses después sube el IPC. Por eso el sector energía es el termómetro adelantado de cualquier proceso inflacionario.

Y cuando la inflación viene acompañada de estancamiento, el oro toma el relevo. Es el activo que mejor resiste cuando ni los bonos, ni la mayoría de la renta variable, ni siquiera la energía bastan. La energía ayuda. El oro ancla. Por eso la cartera lleva las dos cosas.

Hay quien defiende que la renta fija ligada a inflación cubre este escenario. Yo no la uso. Cuando ha tenido que hacer su trabajo, no lo ha hecho. El oro sí.

Algo importante: cada uno de esos sectores se compra como índice, no como empresa concreta. Las empresas no son eternas. Hace cuarenta años Kodak parecía intocable. Hoy es un caso de estudio en las escuelas de negocio. Los índices, en cambio, se autogestionan. Cuando una empresa pierde fuerza, sale del índice. Cuando otra crece, entra. El índice se regenera solo.

La renta fija tampoco se mete a lo loco. Como vimos entre las semanas 20 y 23, cada tipo de bono tiene un comportamiento distinto cuando llegan las vacas flacas. La renta fija corta amortigua. La larga dispara con la deflación. La corporativa se contagia de la bolsa. Meter "renta fija" como una caja única es regalar diversificación.

Cada perfil de riesgo lleva el tipo de renta fija que le corresponde. Y el porcentaje que le corresponde. No al revés.

Resultado: una cartera all-weather adaptada a tu tolerancia y a tu capacidad real de aguantar pérdidas. Costes bajos. Activos eternos. Diversificada por sectores en lugar de apostarlo todo al sector del año.

Y aquí está el secreto que casi nadie ve. Una buena cartera no gana más cuando el mercado sube. Pierde menos cuando el mercado baja. Esa es toda la diferencia.

Caer un 50% obliga a subir un 100% para volver a empezar. Caer un 30% solo pide un 43%. La matemática del drawdown no es opinable. Es aritmética de primaria.

La cartera que cae menos se levanta antes. Se compone más rápido. Y al cabo de las décadas, eso es lo que la hace difícil de batir.

Observa la siguiente imagen.

Las rentabilidades anuales desde 1999 hasta hoy. Cartera K10 frente al S&P 500.

Los años buenos gana casi siempre el S&P. La K10 se queda corta. Y duele un poco verlo, no te voy a engañar.

Pero ahora mira los años malos.

2002: S&P -21,6%, K10 -7,9%.

2008: S&P -36,8%, K10 -22,5%.

2022: S&P -18,2%, K10 -2,4%.

Ahí está el verdadero poder de una buena diversificación. No en subir más cuando todo sube. En caer menos cuando todo cae.

Esos tres años son la diferencia entre la cartera que aguantas y la que abandonas en el peor momento.

Esta semana en datos

→ Entre agosto y diciembre de 1982 el S&P 500 subió más de un 35% desde su suelo. Justo cuando Dalio predecía depresión, empezaba el mayor bull market del siglo XX. (S&P Dow Jones Indices)

→ Durante los años 70 el oro pasó de 35 a 850 dólares la onza. Multiplicación por 24 en una década. En ese mismo periodo, el S&P 500 con dividendos perdió alrededor de un 1% al año en términos reales. Dos activos. Dos vidas distintas. (LBMA / Robert Shiller, Yale)

→ 2022, el cuadrante feo: S&P -18%, bonos globales -13% en euros (-16% en dólares), oro plano, sector energía +64%. La cartera 60/40 cayó un 17%, su peor año desde 1937. Quien tenía energía dentro de su renta variable, no notó el golpe. (S&P Dow Jones Indices, Bloomberg, Vanguard)

→ Backtest 1999-2026 de la Cartera K10 frente al S&P 500 (SPY): CAGR +10,22% vs +8,83%. Volatilidad 11,4% vs 15,1%. Drawdown máximo -31,3% vs -50,8%. Más rentabilidad, menos volatilidad, mitad de caída en el peor momento. La diferencia no está en cómo se gana. Está en cómo se pierde menos. (Portfolio Visualizer)

Si has llegado hasta aquí, ya entiendes algo importante:

No necesitas predecir el siguiente movimiento del mercado. Necesitas una cartera que no dependa de que tú aciertes.

Y aquí viene la ironía. Después de entender todo esto, la mayoría sigue eligiendo fondos mirando la rentabilidad del último año. Justo lo único que menos importa.

Por eso mañana voy a hacer una masterclass gratuita en directo: Cómo analizar un fondo de inversión en 20 minutos. Lunes 18 de mayo, 18:00h.

Y te adelanto algo: lo primero que mira casi todo el mundo... suele ser irrelevante.

Y cuando ya sepas distinguir un fondo bueno de uno malo, el siguiente paso natural es construir la cartera entera. Con ETFs concretos. Con proporciones ajustadas a cada perfil. Con rebalanceo. Con una estructura pensada para sobrevivir décadas.

Eso es el Taller K.

La edición de julio va a ser la última a precio actual. En septiembre sube. Y aun así seguirá siendo barato para lo que te llevas.

Las plazas se reparten por orden de lista de espera.

Antes que la cartera, la cabeza. Mañana empezamos por ahí.

Buen domingo,

PD: La semana que viene, la pregunta que te debes a ti mismo antes de elegir cuánto riesgo. No es la del test del banco. Es una sola. Y duele.

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